Prospectiva, acciones y análisis en Desarrollo Social y Económico
miércoles, 27 de abril de 2016
¡Con esta informalidad andamos en la olla!
Informalidad urbana: una tradición arraigadamente alta
sábado, 27 de febrero de 2016
Nuestra impasividad ante los desvaríos del Estado
Resulta imperativo
reconocer la situación y condición tan seria de la cual somos artífices y
victimas. Por ello, sin entrar en mayores detalles, tenemos que tomar en cuenta
que una característica cardinal desde el momento mismo de nuestra constitución
como país es que se ha preservado el esquema de jerarquías que nuestra clase
criolla recibió de sus ancestros y de los peninsulares
Por Carlos Javier
Barbosa C.
Febrero
25 de 2016
Antes
que nada convendría llamar la atención sobre la situación socioeconómica colombiana
dentro del concierto internacional. Para hacerlo aquí acudimos sencillamente a
las cifras del Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas (2013). Para
los no iniciados, este es un índice compuesto que tiene en cuenta los
indicadores económicos de cada uno de los países analizados, además de otros
índices sociales, tales como la tasa de alfabetización, etc. En términos
generales, se señala que durante 2013 nuestro país ocupó el puesto 98 dentro de
un total de 187 países. Es decir, en términos ordinales estuvimos ligeramente
por debajo del puesto central de los países examinados. En relación con nuestros
vecinos, nuestra situación relativa no nos ofreció mucho espacio para la
presunción. En particular, salvo el caso de Ecuador que quedo en igual puesto
que nosotros, fuimos superados por el resto de vecinos: Perú (82), Brasil (79),
Venezuela (67) y Panamá (65). Complementariamente, dentro del concierto latinoamericano de lengua castellana,
que sería nuestro referente cultural más próximo, si bien superamos a Republica
Dominicana (102), Paraguay (111), Bolivia (113), y al resto de países
centroamericanos (excluida, claro está, Costa Rica que ocupó el puesto 68, y la
ya mencionada Panamá), la comparación con Méjico y Cuba nos enrostra lo rezagados
que estamos, y ni que decir cuando hacemos lo propio con los países del cono
sur.
Ahora
bien, visto lo visto, si hemos de objetar nuestro tradicional parroquianismo, hay
que advertir que nuestra situación de desarrollo humano dentro del concierto internacional
ciertamente no es la más envidiable, por lo menos no dentro de los estándares
internacionales. La verdad es bien otra, y aquí se considera que el puesto 98
está más acorde con los berenjenales que “cultivamos” que con la imagen que una
y otra vez se quiere vender del país. De hecho, aunque resulte lamentable
señalarlo, lo que tenemos para mostrar de gran talante ante el mundo tiene muy
poco de manufactura nuestra, razón por la cual nos toca acudir a las maravillas
que nos ha dado la naturaleza; el resto, sin talante peyorativo alguno, es
costumbrismo, chauvinismo. Decididamente, lo que deslumbra al extranjero que viene a Colombia es más la flora y la fauna autóctonas, amén de considerar una
eventual visita a determinadas comunidades indígenas –vrg., por una razón
arqueológica-, que por ejemplo contemplar alguna obra artificial esplendorosa
de orden global. El punto aquí es que
nuestra situación en el orden internacional, o cuando menos en el regional, no
es la mejor, y menos aun con los problemas que tenemos que afrontar los
colombianos de a pie, dificultades que a golpe de pluma e imagen quieren
disimular, bien de forma ladina o de forma abierta, los profesionales de la
publicidad, aunada a la actitud de los medios, escasamente críticos, que una y
otra vez se empecinan exclusivamente en mostrarnos lo bellos, buenos y amables que somos; en teoría, nuestro mejor perfil: ¿y el resto?
Para
empezar, las noticias acerca de casos conspicuos de corrupción al interior de
entidades del Estado, la muerte de niños indígenas extremadamente desnutridos,
por citar dos ejemplos de actualidad, muestran que aquí ocurre tediosamente lo
mismo, y que a la vez ¡no pasa nada! No hay cambio, no hay justicia (al menos
de calidad), no hay equidad… ¡No pasa nada! En dicho sentido, lo mínimo que
podría preguntarse uno como ciudadano es: ¿Por qué no hay cambios
significativos? ¿Por qué con la tecnología del siglo XXI se siguen muriendo de
hambre los niños más pobres? ¿Razones políticas y no tecnológicas?
Lo
anteriormente dispuesto se realizó simplemente para declarar la desconexión o
aberración entre la imagen que hacen los medios de lo que somos, los problemas
tan monótonamente similares, detestablemente crónicos, y el trivial tratamiento
de los mismos por parte de los medios (más sensacionalista y difícilmente
educativo). Igualmente, se pretende llamar la atención acerca de los problemas
que persistentemente forjamos y no logramos superar. Con todo, la búsqueda de
la solución a dichos problemas es no delegable en la medida que nos ha afectado crónicamente a todos,
directa o indirectamente y de muy mala manera. Es decir, no se trata de
problemas menores, a los cuales se les pueda seguir otorgando la dignidad
propia de un sainete ante la impertérrita mirada nuestra.
En
realidad, resulta imperativo reconocer la situación y condición tan serias de
la cuales somos artífices y victimas. Por ello, sin entrar en mayores detalles,
tenemos que tomar en cuenta que una característica cardinal desde el momento
mismo de nuestra constitución como país es que se ha preservado el esquema de jerarquías que nuestra clase criolla
recibió de sus ancestros y de los peninsulares. Sin ir más lejos, debe
recordarse que la torta, hasta ese momento en poder de los peninsulares
(ladinos, segundones, conspicuos y, por supuesto, soberbios) no fue repartida
por igual para todos los participantes de la gesta libertadora, y menos para
los que no hicieron parte de ella, pero en cuyo nombre también se protagonizó.
De hecho, la gente de bien constituida por los criollos y los nuevos
“arribados”, i.e., mestizos que “pelearon” hombro con hombro junto al
libertador, se repartieron la “parte del león”; el clero, obviamente, también
obtuvo su justa participación. El control del Estado, por supuesto, quedó en
manos de las altas jerarquías, criollos y milicia: “no iba a quedarse en manos
de la muchedumbre que poco o nada sabe de autogobernarse”. La educación, de
conformidad con los aires de la época, quedo en manos de la autoridad sacra.
(Claramente, dentro de nuestra narrativa clásica que exalta gran número de
próceres, doctores y demás, la población mestiza, indígena y afro-americana, no
fue trascendental para la constitución del país).
El
problema con lo inmediatamente anterior, no fue tanto el mal reparto original,
que en último término resultó ser un mal menor comparado con la preservación y
aprendizaje tanto de las licencias peninsulares, como de las locales. De forma
más relevante, lo fueron las pésimas relaciones sociales, de servidumbre y
autoritarismo que pervivieron entre los pocos que accedieron a la torta
original y al control del Estado, y el resto de la población, todo lo cual
acaeció dentro de un relativo aislamiento local y mayor en el ámbito
internacional, situación que a la sazón no resultaba tan extraña. En
particular, el muy limitado desarrollo del mercado, en el caso urbano; la
disposición del campo en feudos, con su concomitante estructura servil, en
manos de una “nobleza” rural, asistida por uno que otro “hidalgo”; la secular
privatización del Estado por parte de unas elites, que extraen lo más y
procuran lo menos para los más; una educación confesional poco proclive a la
ética del trabajo y del ahorro, al cuestionamiento de la autoridad, o a la
investigación científica, representaron originalmente los factores comunes a la
modelación de eso que se ha dado en llamar “la colombianidad”. Ha primado lo
político (i.e., las relaciones de poder principalmente materializadas en
clientelismo y violencia) sobre las relaciones de mercado; ello sin contar el
poco o ningún valor dado a lo científico o a lo tecnológico: “que inventen
ellos”.
Asimismo,
otra característica particular de la formación colombiana durante gran parte de
su historia ha sido el sello confesional, instaurada por el clero. De forma
general, la evangelización-educación de la población colombiana ha sido
recibida en gran medida mediante las homilías celebradas periódicamente. Así se
nos ha criado en el respeto por el respeto, y no en evitar el irrespeto para
con los interlocutores, en el tabú del cuestionamiento a la autoridad, en la
jerarquización, en el respeto por las liturgias, los ritos y las formas, en la
naturalización del statuo quo, vrg.,
tal como hoy es “natural” considerar los derechos de las minorías o inclusive
de los animales. Como corolario de lo anterior, la educación formal también se
proveyó a través de claustros parroquiales y universidades clericales, por
ejemplo. Uno de los colaterales de este tipo de educación, aunque no todo
achacable a ella, es que las personas tienden a tener menos autoconfianza y, por
extensión, a creer menos en los otros, incluida su propia parentela. Del mismo
modo, habida cuenta de contar con pocas proezas alcanzadas, tienden a creer más
en la suerte, en una manito de la Divina Providencia. Aunque no se crea, se
considera que es un problema mayor. En una palabra, a optar por una actitud
pre-moderna y desestimular la movilidad social. De ahí, más la importancia a
las heredades, a la comodidad, a la estabilidad laboral, al temor ante el
cambio social, a embarcarse en una empresa, económica o no, y en ultimas a
mostrar o exigir actitudes paternalistas.
La
afirmación de que Colombia es un país de abogados, tiene su razón de ser en el
hecho de que ciertas profesiones liberales se consideraron profesiones de
estatus y prestigio, además de la medicina. En particular se destaca que el
cultivo en las áreas del derecho, en las humanidades, y en letras ha sido un
rasgo atávico que ha caracterizado la formación de las elites colombianas. Bien
se podría asociar esta proclividad al hecho de que en Colombia, por ser país un
donde han primado las relaciones de poder sobre las demás, los abogados han
sido más imprescindibles para el funcionamiento del Estado y de su relación con
el resto de las elites que, por ejemplo, los servicios de personal con formación tecnológica, y o científica para
los cuales poca o ninguna demanda realiza el mercado, por ser prácticamente
inexistente. En cambio el gusto por las ciencias, por ejemplo, las formales ha
sido prácticamente nulo.
Al
margen de señalar que como en muchos otros lugares, nuestro salto a la palestra
del comercio internacional lo permitieron productos básicos, representados en
café y oro, entre otros, la actitud de nuestras elites continuó siendo la misma
por más viajes que hicieran a Europa o por más doctas en letras que fueran. En
realidad la actitud de la elites criollas era parecida a la del ancien régime francés en tiempo de la
emergencia de la burguesía, preocupada más por sus modos de vida, por sus
medias de seda, sus obras de arte, vinos, especias y pianos, que por implicarse
en la renovación de una arquitectura institucional acorde con la era del
capitalismo industrial. Igual ya tenían lo suyo. ¿Qué les preocupaba? Preservar
el statuo quo.
La
cuestión con todo ese legado es que estamos atrapados en una dinámica que nos
ha dejado unos resultados muy deletéreos. Es algo parecido al que se mete en
malos pasos y después no se puede salir de ello, a resultas de que dicho sujeto
y los suyos terminen en una situación lamentable. En dicho sentido, por
cuestiones culturales e históricas hemos generado muy poca riqueza, muy poco
capital tanto físico y, ante todo, social, hecho que contrasta con la riqueza
tan pletórica en casi todo tipo de recursos que ha ofrecido este territorio. La
verdad sea dicha, se ha tratado de un país donde la fuente principal de
“creación” de riqueza ha sido el Estado, en cuyo caso, lo habitual ha sido que
el acceso a la riqueza, efectiva y significativa, se haga por la vía del poder
político, y en mucha menor medida por la económica. Nos hemos acostumbrado a
que la riqueza grande viene de la mano del Estado, y poco se ha hecho por el
estimulo, desde lo cultural y del capital social, a la iniciativa privada.
Como
resultado de lo anterior, por ejemplo, nuestra poca experiencia en liderazgo
empresarial, en el sentido de autoridad propia, y por qué no, en la ambición,
algo difícilmente experimentable mediante la lectura de libros de auto-ayuda, o
grandes best sellers como recomiendan
los mercachifles de los medios, todo lo cual, posiblemente, nos hace reacios a
tomar partido en los negocios, a procurarnos más la independencia, y a
desarrollar el sentido de la cautela y la confianza cuando creemos tener una
oportunidad de ganancia. Estos efectos son cuestiones sustantivas, que dependen
más de la educación en su pleno sentido, de lo cultural, de la sociedad, razón
por la cual en el más de los casos, las imprecaciones y demás hechas contra los
casos de marras, así porque sí, en particular por parte de la intelligentsia, sin ofrecer al lector no
especializado, ni “intelligent”, la
contextualización un poco del porque del statuo
quo heredado, quedan por fuera de lugar. Suena a clisé pero es la verdad, los individuos son producto de su medio,
de su record, al igual que Robinson
Crusoe cuando llegó con su tecnología y sus “instituciones” a la isla que lo
albergó; éstas eran de su cultura, de su sociedad.
En
suma, no se nos debe hacer raro la razón por la cual Colombia es un país de
parroquial, autoritario e intolerante, resignado, si se quiere, condescendiente
con la autoridad, yerre ésta o no. Un país donde por efectos de la obsesión de
los peninsulares por el linaje y luego por los criollos (si bien más por
evocación), se desarrollo el complejo de inferioridad cultural y racial,
impuesta por unos y asimilada (naturalizada) por los otros: “… tiene rasgos de
noble”, o “…qué tan indio el…”. La prueba está, también, en que somos altaneros
con el de abajo y sumisos con el de arriba; poco dados a reclamar nuestros
derechos, pues preferimos que sean pisoteados a tener que pasar por la infame
vergüenza del escándalo. ¡”Ábrase visto! ¿Cuándo se ha visto a un noble
haciendo escándalo por semejantes nimiedades? Eso es propio de la plebe”.
Finalmente,
ahí están los resultados: se ha desarrollado todo una red de conexiones entre
el Estado (cada una de sus tres ramas) y buena parte del sector privado. Parte
de dicho entramado se evidencia en la contratación que se celebra entre lo
oficial y lo privado; las sentencias de los grandes magistrados, con sus pensiones
e indemnizaciones de fabula, que todos tenemos que trabajar para pagar; las
leyes que nos salvan de los abusos de los bancos y las empresas de telefonía
celular, por ejemplo; del ejecutivo, “que no tenía conocimiento de ciertos
abusos, pero que ya se pone al tanto de la situación”. En concreto, lo que es
lugar común para los ciudadanos de a pie es una novedad para el Estado, y para
los medios, si es que hemos de juzgar por el escándalo con que tratan los
hechos, dándoles cariz de algo novedoso.
No
se niega, es posible, que algunos negocios salgan bien y sean lícitos moral y
legalmente entre el Estado y una porción del sector privado, pero otros salen
mal y otros terriblemente mal. En este sentido, no solamente se usa el Estado
para ayudar a generar riqueza, legal pero inmoral en la medida en que es
amañado el procedimiento, sino que se desestimula la competencia, y el uso
pleno y eficiente de los recursos escasos, en particular la mano de obra. Se
desmotiva y estropea el desarrollo del sector productivo y las relaciones
sociales; en parte se estimula la delincuencia y todo lo que viene con ella.
También se ve como es usado por los gremios económicos para que se legisle a
favor en la medida que se piden ayudas, dizque para ayudar a desarrollar un sector
productivo, eternamente infante, y poco competitivo, en forma de subsidios, de
créditos blandos, etc. Ni que decir de los recursos orientados al gasto social
atrapados por el cacicazgo provincial y local, utilizados para fines
electorales.
En
fin, lo que pasa no es producto de unos cuantos individuos aislados que se
portan mal, que “cometen errores”. Es producto de nuestra institucionalidad,
criada en el autoritarismo, la obediencia ciega, la poca competencia, donde las
elites, grandes y pequeñas pelechan del Estado, en forma de contratos (no
abiertos a plena licitación), en forma de nomina, sin atender a la probidad y
eficiencia de lo contratado. Los niños que sean muerto de hambre, que de lejos
deben ser muchos más, pero que han “boleteado” al Estado son los que han tenido
eco mediático. Y claro, “ya se impartieron las respectivas órdenes para que se
apersonen del caso”. No nos vengamos a cuento, esto funciona así por la propia
dinámica legada y preservada por todas y cada una de las generaciones que han
pasado. Los grandes avances, los significativos, en el bienestar material, en
las relaciones sociales, han venido de la mano de la ciencia, de la tecnología,
bien en forma de vacunas, bien en forma de sistemas operativos informáticos,
bien en forma de telecomunicaciones más agiles, etc. Han venido de fuera. Otra
cosa es que inevitablemente han permeado Colombia. Por el contrario, los daños
que le achacan a la ciencia eso sí que es decisión política. Si fuera por los
políticos no tendríamos nada. No vengan a
reclamar milagros con avemarías ajenas. Lo poco que tenemos, los avances
nos los ha dado la ciencia y la tecnología, que son las que a su vez han hecho
“cambiar” a la brava a los políticos.
En
conclusión, la solución arranca por nosotros en la medida en que nos
apersonemos y dejemos de estarle delegando asuntos fundamentales de nuestro
bienestar a estas personas tan probas, capaces y honestas, que se preocupan por
nuestro bienestar sin más, “sin exigir nada a cambio”. De todas maneras es hora
de que nosotros cambiemos de actitud hacia los problemas que nos aquejan a
todos o a una parte de todos. Una base es considerar que lo políticos nunca van
a cambiar, que el establecimiento sigue preocupado por lo suyo, y que nos toca
asumir, no delegar, estos problemas aquí y ahora. En dicho sentido, como alguna
vez indicó un gran poeta antiguo: si no soy yo ¿entonces quien? Y si no es
ahora, ¿entonces cuando?
lunes, 4 de enero de 2016
Queremos vivir de la globalización pero difícilmente hacemos algo por hacer parte de ella
Si somos muy débiles en
el sentido de no poder ofrecer productos valiosos (y demandables) en el mercado
internacional en tanto que no podemos dejar de demandar productos extranjeros
que consideramos necesarios, los términos de intercambio necesariamente
reflejaran esta condición vía tasas de cambio muy altas.
Por
Carlos J. Barbosa
La
caída del precio internacional del petróleo ha puesto al descubierto muchas
debilidades de la economía doméstica, batacazo que se ha reflejado en el gran
incremento de la tasa de cambio, y en otros efectos relacionados con dicha
subida. Por ejemplo, son de sobra conocidas algunas consecuencias que se han
cristalizado en incrementos de los precios de los bienes/servicios importados,
en particular de las materias primas foráneas; su incidencia en el incremento
de la tasa de inflación así como el incremento de las tasas de interés,
instaurado precisamente para ayudar a contener la concomitante presión
inflacionaria. (Todo lo anterior sin contar con los resultados que está
provocando el efecto del Niño en la producción agrícola -alimentos y algunas
materias primas-, y en la energética, efectos que por añadidura inciden en la
tasa de inflación.)
Es
decir, la caída abrupta del precio del petróleo automáticamente nos ha puesto
en aprietos, y lo peor, nos ha tomado “por sorpresa”. En realidad, si bien se
entiende el infortunio que constituye dicha caída en los ingresos, sobre todo
para el Estado, así como su efecto sobre la tasa de cambio, se entiende menos
la “sorpresa” expresada por una gran parte de los agentes económicos, en el
sentido de que los apuros que estamos experimentando se deben a choques
externos, que lo son, pero que en algún momento era previsible su emergencia.
En realidad, la bonanza de los altos ingresos por cuenta de los hidrocarburos
se debió más a la generosidad de la Divina Providencia, que mantuvo las
cotizaciones tan altas durante tanto tiempo, que a virtudes propias de nuestro
sistema económico.
En
este espacio se considera que lo que está ocurriendo es simplemente una
corrección de la tasa de cambio, ajuste que está más en consonancia con lo que
nuestro aparato económico puede respaldar, que sobre desvaríos transitorios del
mercado: si somos muy débiles en el sentido de no poder ofrecer productos
valiosos (y demandables) en el mercado internacional en tanto que no podemos
dejar de demandar productos extranjeros que consideramos necesarios, los
términos de intercambio necesariamente reflejaran esta condición vía tasas de
cambio muy altas.
Aparte
de las tres consecuencias más visibles, inicialmente señaladas, que han
resultado del cambio de precios, hay otros efectos que vale la pena reseñar,
con el fin de tener una idea de la dimensión del choque de marras. De un lado,
al ser una fuente muy importante para las finanzas del Estado, la reducción de
ingresos por cuenta de la caída del precio internacional del petróleo también
incide negativamente en el tesoro público, y por extensión en la financiación
de los programas y demás tipos de atención del Estado que se ayudan o se
financian con estos recursos, lo que se traduce en menos gasto para programas o
proyectos nacionales así como en una reducción de los ingresos destinados a los
entes territoriales beneficiarios de regalías. De otro lado, hay que tener en
cuenta que el incremento de la tasa de cambio también aumenta, en pesos, el
volumen de la deuda externa que tanto sector público como privado han de
honrar, lo cual, dicho sea de paso, reduce aun más la cuantía de los recursos
públicos que se han de disponer para financiar programas cruciales tanto en el
sector social y en la infraestructura, como también los recursos del sector
privado que bien puede orientar a consumo, ahorro o inversión, por ejemplo.
Al
margen del intrincado panorama macroeconómico que ya se está experimentando, la
discusión de fondo que tiene que establecerse y mantenerse corresponde a las
acciones que debe tomar el Estado (no solo en cabeza del ejecutivo), y los diferentes
sectores que conforman la sociedad colombiana, respecto a las acciones
orientadas a promover la competitividad de los bienes/servicios que se realizan
dentro del territorio colombiano. Se considera que si bien diagnósticos y
sobre-diagnósticos acerca del tema pueden tener algún valor como ejercicio
académico, por ejemplo, de poco sirven para enfrentar el problema real en tanto
no se le dé la debida importancia a los factores que efectivamente inciden en
la competitividad económica.
Por
lo anterior, cualquier discusión que se plantee se debe concebir dentro del
contexto del largo plazo. El resto es hacer más de lo mismo y, por lo mismo,
cosechar más de lo mismo. Si bien desde el ejecutivo se pueda hacer muy buena
política económica, con todo, no es un mago: el margen de maniobra de la
política económica es harto limitado; sirve para ayudar a capotear algunos choques pero no sirve para generar riqueza (pues esto último es tarea
fundamentalmente del sector privado.)
Para
empezar, aunque se invoca el mantra según el cual la economía no debe depender
del éxito de unos cuantos productos primarios (commodities), en la praxis no se hacemos mayor cosa por superar tal
condición, dicho estadio de desarrollo. Por su parte, la planeación y, sobre
todo, la instauración y ejecución de lo que llamaríamos las cosas serias, es un
asunto marginal, toda vez que estamos consumidos en lo urgente: por ejemplo, levantando
y orientando recursos para aplacar el paro cafetero, el paro de los “paperos”,
de los lecheros… y, en general, de diversos gremios cuyas vicisitudes es
necesario, así lo refleja la práctica, subsanar con recursos públicos.
Al
margen de lo perniciosa que pueda ser esta práctica para el sano desarrollo de
la economía de mercado, el país, es decir, el establecimiento (personas,
gremios o estamentos que tienen incidencia real y significativa en la toma de
decisiones), debe establecer una discusión y, sobre todo, una hoja de ruta acerca
de las medidas o acciones concretas sobre los factores que tienen afectan la
competitividad de la economía. Por ejemplo, de forma muy puntual, se deben
establecer acciones concretas orientadas a estimular la productividad del
factor trabajo. Se deben, entre otras, elevar los estándares de calificación
escolar (superar nuestro limite según el cual se aprueba apenas con un 60% o
70%); estimular la meritocracia y la competencia (vrg., eliminación de
subsidios a ciertos sectores productivos); mejorar el acceso y la prestación de
bienes y servicios públicos (tales como la justicia de calidad –o de menos
impunidad-). En adición, también se debe examinar si se modifica, desde el
Estado, alguna parte de la arquitectura institucional tal como la existencia del
sistema de compensación familiar o al menos revaluar su uso, pues debe
considerarse que las cargas laborales que sufragan este impuesto pesan mucho
más sobre las micro y pequeñas empresas, ante todo las menos productivas (que
son las que, comparativamente, contratan más trabajado por unidad de capital).
En dicho sentido, se debe revisar y promover el ajuste de la estructura
institucional con el fin de que responda más armónicamente a los requerimientos
de la continua evolución tecnológica así como sus efectos en la praxis
económica y en la forma de vida.
Empero,
lo que se plantea parece fácil. Es más, lo recién expresado parece un refrito,
promulgado y escuchado una y otra vez, que raya en la ingenuidad. Cierto es.
“El papel, los discursos y los propósitos de buenas intenciones” lo aguantan
todo. Sin embargo, aquí se expresa un pesimismo moderado acerca de los cambios
que se harán en un futuro cercano, y que son funcionales al desarrollo
económico y humano del país. ¿Por qué? Porque el cambio en la práctica resulta harto difícil en vista
de que son los mismos agentes de la sociedad, las mismísimas “fuerzas vivas de
la sociedad”, las que tienen que cambiar, las que tendrían que renunciar a
prerrogativas, a su visión cortoplacista, de supervivencia (dada su condición
de estar respondiendo a la lógica de lo urgente), a sus actitudes cicateras; en
fin, porque son las mismas “fuerzas vivas de la sociedad” las que tendrían que
“darse la pela”.
Por
contra, aquí se considera que no se la darán: en particular, las fuerzas vivas
de la economía se ajustarán, eso sí, pero a “la brava” y en su “justa medida”;
es decir, cuando el mercado y la tecnología así lo establezcan. En dicho sentido
nos debemos hacer muchas ilusiones acerca de nuevas utopías competitivas, pues el sector privado responderá
“cuando haya que responder” (i.e., cuando se vea obligado); el Estado, con gran
certeza, continuará con su inercia secular, respondiendo al pulso que se da
entre los diferentes gremios económicos y otros actores poderosos, bajo la
salvedad de que se preserven sus prerrogativas y sus intereses no sean
lesionados; el llano “pueblo”, por su parte, mientras mantenga su actitud
pasiva en cuanto a la exigencia de ejercicio de sus derechos y no realice,
cuando menos, un adecuado control social, contribuirá a dicha inercia
institucional. En estas condiciones y con estas actitudes difícilmente se
conquistaran nuevos mercados; por el contrario, continuaran las actitudes
cicateras de la mayor parte del empresariado colombiano, para mantener su
porción del mercado, fundamentalmente los “empresarios” que más pelechan del
Estado, que son en esencia los que procuran mantener el mercado cautivo, los
que evitan la competencia (con muchos pretextos, como su importancia por ser
“generadores” de empleo).
En
suma, todos intuimos lo que pasa. Difícilmente cambiaremos. Nos cuesta ser
ambiciosos, pensar en conquistar mercados con bienes/servicios demandables, de
alto valor agregado, que nos generen riqueza. No somos muy dados a la
competencia, por lo menos no la mayoría, y menos aún el establecimiento.
Queremos disfrutar de los bienes y servicios y demás beneficios que procura la
globalización, pero participamos muy poco en calidad de oferentes para el resto
del mundo, de ahí esta tasa de cambio tan terriblemente cara; de ahí, nuestra
moneda débil.
viernes, 27 de noviembre de 2015
Las marchas como forma de protesta: una propuesta infantil, ingenua
“… la
mayoría de las marchas, salvo las que hacen parte del acervo folclórico y constituyen
un mecanismo de integración social, son mucho ruido y pocas nueces… [s]on más
una expresión que un instrumento para concretar logros; una forma de protesta
social ingenua; una solución infantil, poco creativa”
Por Carlos J. Barbosa
Aunque resulte de Perogrullo señalarlo,
cualquier ciudadano “de a pie” bien podría advertir que durante un largo tiempo
los miembros de la familia humana salimos a marchar contra todo; y algunas
veces a favor de un “sub-todo”. ¿No? Pruebe con los canales globales como la
BBC, la CNN, y la DW, solo por mencionar los medios más conspicuos del escenario
occidental. En dicho sentido, el portafolio de temas comunes en el contexto
global es tan amplio que resulta excusable, e inevitable, una “intentona
tipológica”: marcha contra el calentamiento global; marcha contra la carrera
armamentista; contra la voracidad del sistema financiero; contra las hambrunas
en África; contra los regímenes autoritarios de los, eufemísticamente, llamados
países “en vías de desarrollo”… (Igual,
cualquier otra lista probablemente incluiría las marchas “positivas” tales como
las del “Día del Trabajo” y las del “Orgullo Gay”, sólo para mencionar algunas
que nos resultan sonoras).
En el plano doméstico, nuestro país no
iba a ser la excepción. ¡Faltaba más! Su realización hace parte de nuestras
“grandes conquistas” sociales. En virtud de este hecho, lo que aquí se busca cuestionar,
a partir de un ejemplo particular, es que tan coherente y efectiva nos parece
su ejecución como medio de protesta
social.
Podríamos confeccionar marchas casi
para todo, en particular contra los males sociales o grupales que nos aquejan.
Unas marchas podríamos percibirlas como extraordinarias
y ad hoc, toda vez que se hacen a la
medida, esto es, en reacción a algún percance particular; otras por proyectos
de largo aliento (las “progresistamente
correctas”); otras por cuestiones bastante vagas; y otras que bien
podríamos llamarlas desfiles “clásicos”,
como las que ejecutan periódicamente algunos grupos particulares. Dentro de las
primeras, se podrían mencionar las marchas que se organizan como reacción a un
acto execrable; dentro de las segundas cabria citar las marchas que pretenden
la conquista de alguna prerrogativa, una nueva “conquista” social, como el
reconocimiento de los derechos de algunas minorías, por demás organizadas; las
terceras bien pueden ser las marchas contra la corrupción política (¡!); como
arquetipo de las últimas se podrían considerar las marchas que organizan durante
“el día del trabajo obrero” las centrales sindicalistas.
Por su puesto, esta pseudo tipología
invita a valoraciones de distintos calibres y matices. Hay de todo y para
todos. Algunas parecen legitimas y genuinas en su concepción (aunque
lamentablemente no tanto en su eficacia), otras políticas (¿politiqueras?),
otras incoherentes por no decir insensatas, y otras parte del mobiliario
folklórico. (Como ejemplo de las primeras se podrían señalar las que apelan a
la solidaridad –genuina- en respuesta a algún hecho repudiable cometido en contra
de algún ser muy vulnerable. Se pueden considerar como muy legitimas, amén de
ser necesarias, si bien su eficacia resulta harto discutible).
Como se indicó anteriormente, lo que
aquí se pretende es cuestionar un tipo específico de marchas, como las que se
organizan para luchar por algún mal que en apariencia, si bien afecta a un
colectivo especifico, su solución trasciende las simples medidas que las
marchas persiguen. En concreto, y aunque resulte políticamente incorrecto, aquí
se cuestionan en el mejor sentido de la palabra, las marchas contra la violencia de género. En dicho sentido,
existe un consenso en que es comprensible que se haga una marcha como expresión
de protesta al ultraje de una persona, como también es entendible que los medios
de comunicación le den un cubrimiento no solo significativo sino importante. Empero,
si se intenta cribar y cuestionar con detenimiento la concepción y tratamiento
que le dan los diferentes actores implicados en este tipo de protesta, se
advierte que este tipo de actividad (la marcha), solo hace énfasis en los
síntomas y como tal pretende soluciones muy simples, por no indicar baladís.
Antes que nada, que quede claro: el tema que origina las marchas es muy serio,
al cual las más de las veces se le da el trato y la dignidad propia de una obra
bufa.
Al grano, y por partes. En primer
lugar, consideremos los distintos tipos de actores: los marchistas, que ponen
“el pecho”; los medios, siempre “objetivos, prestos y pertinentes”; y
finalmente, los “expertos” y los políticos desinteresados “siempre preocupados
por el bien común, y por este tema, en particular”. En segundo lugar, los tipos
de escenario: de un lado, la calle, la plaza y, de otro, el espacio para los
políticos y los comentaristas o “expertos” en el tema. En tercer lugar, aunque
representan el lado pasivo de la obra, resulta importante mencionar a las
barras, al público, siempre “juzgando con criterio y cabeza fría”.
La puesta en escena: primer acto.
Pancarta en mano, cachucha de ganga y silbato en la boca, los miembros del
grupo “protestante” saltan a la calle a manifestarse contra un hecho en
particular. Gritos a rabiar, silbidos, clamores de justicia, amén de una que
otra consigna contra el establishment,
y en general, un ruido farragoso, es lo que queda retenido fugazmente en la
retina auditiva de uno que otro miembro del público casualmente presente.
Además, en la calle y en la plaza la movilidad se ralentiza significativamente.
También, si los editorialistas y mogules
de los medios lo consideran, la marcha podría incluir algún reportero reconocido,
lo cual, obviamente le daría alguna “altura” a dicho evento. Todo ello coronado
con el alcance del ágora, el escenario mira, lugar de asamblea y expresión (…
¡pero no necesariamente de audición!). Sin embargo, como muchos otros actos, el
evento cuenta con un punto de inflexión, a partir del cual la afluencia empieza
a dispersarse, y el clamor concomitante a remitir.
Segundo acto. Literalmente, con base en
lo visto durante la marcha, los corresponsales y demás implicados en los medios
realizan apresuradamente sus notas, no sin antes haber “entrevistado”, también,
rápidamente a uno que otro experto en el tema, y uno que otro político
oportunista (valga el pleonasmo).
Tercer acto. El público, que apenas si
pone atención alguna a las noticias, ve la nota, y, al igual que el espectador
ocasional de la marcha, difícilmente retiene algo de la misma. Por casualidades
de la vida, a lo sumo relacionará el tema de la movilización con algún caso
cercano o lejano, si es que logra reconocer el problema.
El caso con todo lo anterior, es que si
bien son necesarios los constituyentes de la marcha (participantes “de a pie”,
periodistas, “expertos”, y políticos), ninguno realiza un papel significativo
que se oriente a solucionar o a apaciguar significativamente el problema que
los aglutina. Los marchistas, por ejemplo, piden justicia, más sobre algo
causado que sobre algo a eliminar, a prevenir: actúan en caliente, piden la
cabeza del monstruo o los monstruos. Los periodistas apenas si entienden o
están adecuadamente informados acerca de lo qué están redactando. Los
“expertos” buscando cámara, ¡un momento de estrellato!, repitiendo cual si
fuera un libreto, lo mismo de siempre. Los políticos pescando en rio revuelto,
y ofreciendo soluciones anodinas, que bien las podría ofrecer un vulgar
transeúnte. El televidente en lo suyo, es poco lo que le interesa: ve los
titulares, escucha las primeras tonadas y, como de costumbre, aunque está presente
está ausente. Todo un sainete.
Como experiencia personal, en el caso
de la violencia de género, quien esto escribe no conoce marcha alguna contra el
machismo que practicamos consciente o inconscientemente todos los colombianos,
en particular las colombianas; contra las novelas que pasan los principales
canales colombianos, novelas que abiertamente son machistas; contra la
alcahuetería del madresolterismo. Complementariamente, tampoco marchas contra
la mediocridad de los padres de familia y maestros implicados en la enseñanza
de la juventud colombiana. Como siempre: los casos que nos asustan y nos
“preocupan” son cuestiones que se solucionan con la remoción de “unas simples
manzanas podridas”, y consideramos que todos esos casos son obra de unos pocos
monstruos, de unos “desviados”, de unos alienígenas. Eso “nuestra sociedad no
lo produce”; los que así lo dicen son apátridas, “que solo ven lo malo”, “que
deberían irse”. En fin, la negación pueril.
Evidentemente, eso es lo que somos. Ofrecemos,
si es que lo hacemos, soluciones fáciles para problemas difíciles: el mínimo
esfuerzo. ¿Y quién no? El problema aquí es que al parecer no entendemos el principio del mínimo esfuerzo toda vez
que con las soluciones pueriles, por no decir pusilánimes, que ofrecemos no
logramos concretar una solución significativa, mientras que, por
contraposición, además de dilatar el problema en el tiempo también lo hacemos
en el espacio, en lo personal y en lo social, en el sentido de que la dificultad
se agranda amén de derivarse nuevas y mayores contrariedades. En una palabra:
nuestro facilismo nos condena al máximo esfuerzo, al esfuerzo sobre-humano, en
tanto que nuestra caja de pandora continúa abierta de par en par.
Claro, este tipo de actitudes frente a
los problemas sustantivos no es endémico sino que también se evidencian en
otras latitudes. Un caso altamente ilustrativo lo constituye el tema del calentamiento
global, infortunio que en apariencia no solo elevaría el nivel del mar sino que
modificaría la dinámica del ciclo del agua, con los consecuentes problemas que
de ello se desprenden. No nos hagamos a… este problema no se soluciona con
marchas. Estas son mediáticas, que bien deben rendir réditos importantes a sus
organizadores y patrocinadores. El caso es que, si bien suena a clisé, problemas como estos requieren el
concierto y concurso de todos y cada uno de nosotros, y las marchitas (en el
pleno sentido peyorativo de la palabra) poco ayudan, salvo como bálsamo a
nuestro complejo de culpa por hacer de este vividero un mega-basurero, y por
servir, en el mejor de los casos, como medio de integración social y de hacernos
sentir parte del mundo globalizado. En una palabra, las protestas en forma de
marchas para la crítica de problemas sustanciales constituyen una
representación extremadamente tóxica de una actitud mamerta, nada rigurosa, sectaria al facilismo y a la negación de la
realidad.
Como resumen de lo anterior, lo que se
pone de presente es que la mayoría de las marchas, salvo las que hacen parte
del acervo folclórico y constituyen un mecanismo de integración social, son mucho
ruido y pocas nueces. “Buche y pluma na’ma”.
Son más una expresión que un instrumento para concretar logros; una forma de
protesta social ingenua; una solución infantil, poco creativa. Esas marchas son
espejismos de solución, cuya participación es propia y excusable en los jóvenes
educados en y para “lo mamerto”. Aun más, existen unas marchas que exceden la
payasada de la cual “las marchas contra
la corrupción” constituyen el arquetipo por antonomasia. La explicación
del por qué de esto es “auto-evidente”, e insultaría la inteligencia de
cualquier lector “mayor de edad”.
Como juicio lacónico podríamos
manifestar que la mejor forma de protesta social inicia con el cambio de
actitud, hacia una posición más auto-critica y critica; proclive a programas y
proyectos de largo plazo, no enfocada a hallar soluciones inmediatas. El resto
es “pura paja”.
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