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La revolución de la esperanza

viernes, 17 de junio de 2016

Los niños y adolecentes trabajadores: una muestra Vigente y Presente de nuestro capital humano Futuro

Las cifras recientes del DANE (IV trimestre de 2015) muestran que de los 11,1 millones de menores de edad colombianos (entre los 5 y los 17 años, inclusive), aproximadamente 1,2 millones entre niños y adolecentes estaban ocupados en el mercado laboral: algo así como el tamaño poblacional de la ciudad de Bucaramanga, sólo que compuesta exclusivamente por menores de edad; industriosos todos y sin ninguno en el ocio… Ah, y sin garantías laborales exigibles.


Por: Carlos Javier Barbosa C.

1.     El problema y su dimensión

Idealmente, una sociedad contemporánea que se precie de decente, justa y pletórica en progresos sociales no debería tener adolecentes ni mucho menos infantes que participen en el mercado laboral (o tener a lo sumo un número suficientemente pequeño que pueda ser disimulado). Sin embargo, “en la vida real”, no en el papel ni en el ámbito de los sueños como tampoco en el de las buenas intenciones, diferentes sociedades enfrentan diferentes realidades, y en casos como estos se considera que la mayor parte de los padres no envían a los hijos al mercado laboral por simple prurito, aunque bien pueda ser posible que alguna proporción importante de los mayores lo haga por cuestiones culturales toda vez que “el trabajo forma y aleja de los vicios”, o simplemente por pura tradición, por pura inercia. Al margen de estas consideraciones, las
estadísticas consuetudinarias reiterativamente revelan que la magnitud de este fenómeno es bastante significativa en Colombia. Es claro que el trabajo infantil y juvenil dentro de nuestro territorio es un síntoma y un problema, ambos bien importantes. Un síntoma por cuanto podría estar sugiriendo que los ingresos de los hogares, por ejemplo, son insuficientes, o que los menores no cuentan con una orientación adecuada por parte de sus tutores. Un problema porque su práctica impide vrg., una adecuada formación del capital humano, todo lo cual entorpece la generación y la distribución futura de la riqueza; más aún, bien al contrario, puede estar condenando a sucesivas generaciones a la pobreza y todo lo que de ella se deriva. Aunque suene a clisé, la verdadera riqueza de una sociedad es la formación y la calidad de su gente (el resto es pensar como el rey Midas o los conquistadores españoles del siglo XVI, que a la usanza confundían la riqueza con el dinero, con el metálico: fetiche atávico).
En Colombia la magnitud del problema no ofrece espacio para la dilación ni el soslayo, aunque a juzgar por los resultados bien exiguo es lo avanzado. Las cifras recientes del DANE para el cuarto trimestre de 2015 muestran que de los 11,1 millones de menores de edad colombianos (entre los 5 y los 17 años, inclusive), aproximadamente 1,2 millones entre niños y adolecentes estaban ocupados en el mercado laboral: algo así como el tamaño poblacional de la ciudad de Bucaramanga, solo que compuesta exclusivamente por menores de edad; industriosos todos y sin ninguno en el ocio… Ah, y sin garantías laborales exigibles.
A continuación se hace una breve exposición de los principales resultados acerca del trabajo infantil y juvenil en Colombia a partir del Modulo de Trabajo Infantil aplicado por el DANE.

2.     Participación de los menores de edad en el “mundo laboral”

Considerados de forma desagregada, los datos indican que en el dominio “Centros poblados y rural disperso” (Campo) la tasa de trabajo infantil TTI -proporción de infantes y jóvenes trabajando dentro del total de jóvenes de igual rango etario- es algo más del doble que la que se ha evidenciado en las “Cabeceras” (parte urbana): en el primer caso el promedio estimado entre 2012 y 2015 equivalió aproximadamente a un 15,9%, mientras que en el segundo fue 7,2%. Atención: recientemente en el campo 16 jóvenes de cada 100 han trabajado, y algo más de 7 lo han hecho en las zonas urbanas. Asimismo, aunque la tasas de trabajo infantil nacional de cada trimestre a partir de 2013 ha remitido paulatinamente, si bien a ritmos apenas perceptibles, el comportamiento de la TTI de las cabeceras ha sido más alentador, mientras que su contraparte para centros poblados y rural disperso ha sido menos preciso en vista del ligero repunte de la TTI durante el cuarto trimestre del año inmediatamente anterior. (Gráfico 1).
Gráfico 1
Porcentaje de niños y menores entre 5 y 17 años que trabajan IV trimestre 2015                    Total nacional, cabeceras y centros poblados y rural disperso
Fuente: DANE - (ECH - GEIH) - Módulo de Trabajo Infantil
Ahora bien, si dentro de los datos se incluyen los menores que aunque no participen en el mercado laboral se dedicaron a oficios del hogar durante al menos 15 horas semanales, las tasas de ocupación (del tiempo) infantil y juvenil varían notablemente. En dicho caso, tanto en los dominios “cabecera” y “centros urbanos y población dispersa” la proporción de menores trabajadores y menores no trabajadores que estuvieron ocupados por al menos 15 horas semanales que realizó oficios del hogar equivalió a un 11,0% en las “cabeceras” y a un 22,4% en “centros urbanos y población dispersa”, todo lo cual representó 14,0% a nivel nacional. (Gráfico2). Nuevamente, estas cifras indican un problema bien importante pues de 100 menores colombianos alrededor de 14 tienen su tiempo considerablemente enajenado lo cual no solo los obliga, posiblemente, a realizar actividades “urgentes, monótonas, molestas y fatigosas” sino que una asignación inadecuada (esa asignación) de actividades trunca poco a poco su futuro y en cierta medida el del país. Específicamente, el problema no es solo que están haciendo algo que no deben, que muy probablemente hacen a medias, sino que esa misma práctica contribuye en mayor o menor medida a truncar su capital humano futuro.
Gráfico 2
Estructura de la población infantil y juvenil, según horas dedicadas a la ocupación, IV trimestre 2015

Fuente: DANE - (ECH - GEIH) - Módulo de Trabajo Infantil

3.     Ocupados según posición rama de actividad económica y posición ocupacional

La mayor parte de los menores ocupados en las cabeceras durante el último trimestre de 2015 estuvieron ocupados en el sector del comercio, hoteles y restaurantes, 48,3%, seguidos por un 16% en la manufactura, un 13% en el sector de los servicios comunales sociales y personales, y un 8,9% en el transporte, almacenamiento y comunicaciones. En el ámbito de los “centros poblacionales y rural disperso”, la estructura ocupacional según rama varió acentuadamente toda vez que la mayor parte estuvieron ocupados en actividades del renglón agropecuario y de silvicultura y pesca, 71,5%, mientras que un 13,3% lo estuvieron en comercio, hoteles y restaurantes y el 8,9% en la industria.
Gráfico 3
Estructura de la población trabajadora, infantil y adolecente según rama de actividad económica,  IV trimestre 2015

Fuente: DANE - (ECH - GEIH) - Módulo de Trabajo Infantil

En el ámbito nacional, la mayor parte de los niños y adolecentes que participaron durante el último trimestre de 2015 en el mercado laboral fueron ocupados sin remuneración, 44,6%, mientras que un 28,6% lo hicieron en calidad de asalariados y 26,8% en la categoría de “independiente”. En este caso, contrastan los resultados entre cabeceras y centros poblados y rural disperso: en las cabeceras predominaron los asalariados 36%, seguidos de los trabajadores sin remuneración 34,1% y los independientes 29,9%; en los centros poblados y rural disperso prevalecieron los trabajadores sin remuneración 56,3%, seguidos distantemente por los independientes 23,2% y en menor proporción los asalariados, 20%. En cualquier caso, en Colombia se percibieron 454 mil menores de edad en calidad de ocupados no remunerados, volumen de población comparable al de la ciudad de Villavicencio (utilizados posiblemente para aumentar la “productividad” familiar presente pero con el riesgo de comprometer la futura de los propios menores). Por su parte los remunerados se dividieron entre 291 mil asalariados y 273 “independientes”.
Gráfico 4
Estructura de la población trabajadora, infantil y adolecente, según posición ocupacional, IV trimestre 2015
   

Fuente: DANE - (ECH - GEIH) - Módulo de Trabajo Infantil
De conformidad con los resultados agregados, la mayor parte de la población infantil y juvenil que participó en el último trimestre de 2015 en el mercado laboral en calidad de ocupados lo hizo principalmente “porque le gusta tener su propio dinero” (38,6%) y porque “debe participar en la actividad económica de la familia” (34,1%). Otras razones de peso significativo las conformaron el aspecto cultural “porque el trabajo lo forma, lo hace honrado y lo aleja de los vicios” (12,4%), y el económico “porque debe ayudar con los gastos de la casa y ayudar a costearse el estudio” (10,9%). Sin embargo, cuando se desagregan los datos según cabecera y centros poblados se advierten dos estructuras diferentes en cuanto a la razón de participación en el mercado laboral. En el caso de cabeceras alrededor de la mitad entre infantes y adolecentes lo hace porque “le gusta tener su propio dinero”, 8,3%; mientras que un 26% lo hace porque “debe participar en la actividad económica de la familia”, 26,3%. Por su parte, las principales razones de concurso de infantes y adolecentes en “centros poblados y población rural dispersa” fueron la obligatoriedad de participar en las actividades económicas de la familia 43,2%, seguidos por que les gusta tener su propio dinero (27,4%).
Gráfico 5
Estructura de la población trabajadora, infantil y adolecente, según razón de trabajo, IV trimestre de 2015

Fuente: DANE - (ECH - GEIH) - Módulo de Trabajo Infantil

4.     Tasa de asistencia escolar de los menores trabajadores

Por último, los datos del último trimestre de 2015 muestran un gran porcentaje de inasistencia escolar entre los infantes y adolecentes que participan en el mercado laboral. Así, en el ámbito nacional de cada 100 menores que asistieron al mercado laboral solo lo hicieron el 67,2% en el proceso escolar, esto es, dentro de la población infantil y juvenil que labora uno de cada tres trabajadores no evidenciaron asistencia escolar (32,8%). Cuando se examinan los datos según dominio de estudio, se advirtió una mayor participación de asistencia laboral entre “trabajadores” en las cabeceras, 70,6%, mientras que en el dominio “centros poblados y rural disperso” apenas lo hizo un 63,3%.
Gráfico 6
Tasa de asistencia escolar de la población trabajadora infantil y adolecente, según asistencia escolar, IV trimestre de 2015

Fuente: DANE - (ECH - GEIH) - Módulo de Trabajo Infantil


De todo lo anterior, “la pregunta del millón de dólares” se reduce a preguntar cómo sería posible reducir la participación de menores de edad en el mercado laboral. Dicha reducción es un objetivo prioritario toda vez que ésta merma la adquisición de capital humano, y en dicho sentido es muy importante cualquier cosa que se pueda hacer para ayudar a reducirla de forma efectiva. Sin embargo, se debe tener en cuenta que si gran parte de este problema es un síntoma, i.e., el resultado o un “epifenómeno” de otro problema, tal como la pobreza extrema de algunos hogares, la solución va más allá de planteamientos ligeros, como ajustar la legislación e incrementar el grado de enforcement, en tal sentido debe ir acompañada de medidas complementarias. Así las cosas, la solución se debe plantear dentro de un marco de largo plazo con el concurso de todos los miembros de la sociedad, con preferencia de las fuerzas vivas, para que se planteen y se ejecuten las acciones a que haya lugar que reduzcan el trabajo infantil y adolecente como síntoma.
Aunque se considere que una gran proporción del trabajo infantil y juvenil pueda ser reducida en el sentido de atender ciertas causas, como un insuficiente nivel de ingresos, existen otras causas que deben ser objeto de medidas más complejas e integrales tales como las razones culturales. En dicho sentido, la evaluación rigurosa de este tipo de causas es central para atacar este fenómeno toda vez que es más difícil de remover; en particular, es importante examinar con detenimiento la causa relacionada con el gusto por “la tenencia de su propio dinero” por parte de los menores y evaluar el grado de orientación o educación que los menores trabajadores están adquiriendo por parte de sus tutores así como las actividades que el Estado está realizando para que esta franja poblacional permanezca en la escuela, por ejemplo, evaluar que está haciendo la enseñanza oficial para motivar a los alumnos a la permanencia escolar, o que está “haciendo” para disuadirlos de la enseñanza formal.




jueves, 9 de junio de 2016

El mercado laboral colombiano: un comportamiento muy discreto

… el empleo dentro de las actividades que bien podría decirse contribuyen a la elaboración del pastel real, i.e., la industria manufacturera y la construcción, experimentó una caída abrupta. El caso de la industria es particularmente llamativo toda vez que se verificó una caída de 229.000 plazas; en menor medida, pero no menos importante, inquieta el volumen dentro del renglón de la construcción que experimentó una reducción de 36.000 plazas, sobre todo sentido en Bogotá, D.C


Por: Carlos J. Barbosa C.


Según las cifras de la Gran Encuesta Integrada de Hogares –GEIH- acerca del comportamiento del mercado laboral para el trimestre febrero-abril 2016, se verificó un crecimiento del empleo en el ámbito nacional (cabeceras y 13 principales áreas, si bien una ligera reducción en los Centros Poblados y Rural Disperso). Pese a este incremento, por cierto discreto, el empleo dentro de las actividades que bien podría decirse contribuyen a la elaboración del pastel real, i.e., la industria manufacturera y la construcción, experimentó una caída abrupta. El caso de la industria es particularmente llamativo toda vez que se percibió una caída de 229.000 plazas; en menor medida, pero no menos importante, inquieta el volumen dentro del renglón de la construcción que experimentó una reducción de 36.000 plazas, sobre todo sentido en Bogotá, D.C. Por su parte, el crecimiento se identificó en los servicios, particularmente en el comercio, hoteles y restaurantes (206.000 plazas), así como en las actividades inmobiliarias empresariales y de alquiler y en los servicios comunales sociales y personales.   
En principio, aunque el decremento del empleo en la construcción podría explicarse razonablemente a partir del comportamiento de las licencias de construcción aprobadas meses atrás, que en efecto se empezaron a reducir en el último trimestre de 2015 en el caso de Bogotá, la evolución reciente del empleo industrial constituye un galimatías toda vez que el mercado colombiano se ha cerrado significativamente por cuenta de la reducción de ingresos de exportación, en el sentido de que se encarecieron las importaciones en relación directa con el aumento de la tasa de cambio. Al “cerrarse” el mercado, los productos domésticos no sólo aumentaron su participación dentro de la cesta colombiana sino que también se estimuló su exportación, si bien de forma artificial, todo lo cual se asume incrementaría la oferta de nuevas plazas de trabajo. Empero, es posible que la reducción del empleo industrial se haya dado en las unidades de menor productividad (más sensibles al incremento de costos, por ejemplo de insumos importados), de aquellas que no cuentan con una participación significativa o importante en el mercado formal, y en general de esa pequeña industria que se asienta en los centros urbanos de menor tamaño y que ayuda a atender ese “rural disperso”. Igualmente puede deberse ante todo por la incidencia de la reducción de las exportaciones a países vecinos que también se han visto afectados por una reducción de los ingresos exportadores (commodities).
Pese a todo lo anterior, se subraya que en este espacio no se explican las razones de tal o cual variación del empleo, pues tan solo se pretende exponer sucintamente los resultados de la GEIH  para el mercado laboral con el fin de dar una información muy rápida de la evolución reciente de este mercado.   

1.      Resultados generales

Las cifras del desempeño del mercado laboral en el ámbito nacional para el trimestre febrero-abril de 2016 revelan que la tasa de desempleo ascendió a un 9,72% aproximadamente (i.e., se interrumpió la racha “bajista”). Este porcentaje incluye un crecimiento de un 0,3% en relación con el trimestre febrero-abril de 2015. Por su parte, la tasa de subempleo gravitó alrededor de un 28,16%. Al comparar estos datos con los del similar periodo para 2015, se evidencia un ligero deterioro del mercado laboral toda vez que la tasa de desempleo trimestral de febrero-abril de 2015 fue 9,41% y la de desempleo 28,13%. Más aún, los últimos datos inducen a considerar que se desaceleró la caída del desempleo que se venía verificando desde 2010 (Gráfico 1). En general, se manifiesta que el nivel de ocupación equivalió a 21’815.000 personas, esto es, 132.000 nuevos ocupados en relación con 2015. El número de desocupados, por su parte, alcanzó los 2’347.000, es decir, 36.000 desocupados adicionales a los estimados durante 2015.




Gráfico 1
Tasa de desempleo y subempleo nacional, febrero-abril 2001-2016

Fuente: DANE, GEIH.
Con todo, los resultados que se advirtieron para el ámbito nacional no se distribuyeron de forma homogénea para los distintos dominios geográficos en que se desagregan los datos. En particular, la tasa de desempleo para el dominio geográfico denominado “cabecera” ascendió a 10,77%, y para el dominio “Centro poblados y rural disperso” a 5,64%. Para los mismos dominios, de forma correspondiente, las tasas de subempleo equivalieron a 28,36% y 27,41%. Respecto al año inmediatamente anterior, los datos de desempleo del trimestre considerado fueron 10,49% y 5,3%, todo lo cual muestra un deterioro apenas perceptible dado el ligero incremento en las tasas de desempleo. Respecto a la tasa de subempleo, se pudo evidenciar un ligero mejoramiento en el ámbito cabecera 28,41% durante febrero-abril 2015 a 28,36% durante similar periodo en 2016. Por contra, dicha tasa exhibió un ligero deterioro en “Centro poblados y rural disperso” habida cuenta de su (casi imperceptible) aumento: 27,07% en 2015 a 27,41% en 2016.
De forma complementaria, la dinámica de la ocupación entre cada uno de estos ordenes geográficos de análisis fue distinta. En “cabecera” se evidenció un crecimiento de los ocupados, equivalente a 180.000, mientras que en “Centro poblados y rural disperso” el nivel de ocupación se redujo en 48.000 plazas. En suma, aumentó el empleo en el ámbito nacional pero no mejoró el panorama laboral habida cuenta de los apenas perceptibles aumentos en la tasa de desempleo y subempleo. Además, la situación del mercado laboral en el ámbito rural mostró mayores signos de deterioró que la del domino cabecera. (Gráfico 2).

Gráfico 2
Tasa de desempleo y subempleo según dominios, febrero-abril 2001-2016

            Fuente: DANE, GEIH.

2.      Resultados según rama de actividad económica

Al considerar los datos según rama de actividad económica, sobresale la gran caída del empleo en la industria manufacturera toda vez que su nivel paso de 2’791.000 ocupados durante el trimestre referenciado de 2015 a 2’562.000 en similar periodo durante el año en curso. Los otros dos sectores que evidenciaron una reducción significativa correspondieron a la construcción con una reducción de 36.000 empleos y al transporte, almacenamiento y comunicaciones con una disminución de 21.000 plazas. Por contraste, el nivel de empleo del sector comercio, hoteles y restaurantes aumentó en 206.000 puestos, seguido más distantemente por el crecimiento de ocupados en el sector actividades inmobiliarias, empresariales y de alquiler en 87.000, y el aumento de ocupados en los servicios comunales, sociales y personales en 70.000. En lo que respecta al resto de los sectores, el aumento del volumen de empleo apenas se percibió. (Gráfico 3).    

Gráfico 3
Crecimiento empleo según rama de actividad y dominio,
febrero-abril 2015-2016

Fuente: DANE, GEIH.

3.      Resultados según centro urbano

Los datos del mercado laboral para el trimestre febrero-abril muestran contrastes significativos entre las variaciones atestiguadas en diferentes ciudades entre 2015 y 2016. Antes que nada, se señala la generación de 135.800 empleos en los 13 principales centros urbanos de Colombia. Las variaciones positivas más conspicuas se advirtieron en Cali con 60.160 plazas adicionales; Medellín con 33.720; Barranquilla 19.970; Pereira 18.090; y Pasto 9.760. A diferencia de lo anterior, Bucaramanga experimentó un descenso de 7.400 ocupados, seguida de cerca por Bogotá D.C., que presentó una caída de 6.100 plazas, y un poco más distante por Manizales con 3.400 ocupados menos. El caso de Bogotá es bastante llamativo toda vez que la construcción experimentó una caída de 51.500 empleos y el transporte de 29.000 puestos, caída que ayudó a ser contrarrestada por un aumento en la ocupación en los sectores de servicios comunales, sociales y personales (81.420) e intermediación financiera (18.850). En el caso de Medellín, el aumento se vio explicado por el crecimiento de ocupados en comercio, hoteles y restaurantes (42.500), y en el sector de actividades inmobiliarias empresariales y alquiler (22.180); empero, los renglones de servicios comunales, sociales y personales experimentaron una reducción de los ocupados en 40.000 y la industria en 21.000. El aumento del empleo en Cali se explicó por el crecimiento en el empleo en el sector de comercio, hoteles y restaurantes en 47.000 y 11.500 puestos en la industria manufacturera. En Barranquilla se evidenció una caída del empleo en la industria equivalente a 9.000 plazas, evento que se vio contrarrestado con un crecimiento en la ocupación de las actividades inmobiliarias de 16.000, el comercio, hoteles y restaurantes en 10.000 y el transporte, almacenamiento y comunicaciones en 6.000. Por su parte, en Bucaramanga creció la ocupación en el comercio, hoteles y restaurantes en 7.300, pero decreció en los servicios sociales, comunales y personales en 9.200, y en los rubros de electricidad, gas y agua con 2.600 puestos menos, e intermediación financiera con 2.200 plazas menos. Otras ciudades que experimentaron reducciones fueron Manizales y Montería.  (Gráfico 4).
Gráfico 4
Crecimiento empleo según centro urbano, febrero-abril 2015-2016

Fuente: DANE, GEIH.

 

4.      Resultados según posición ocupacional


Examinados los datos de la estructura de la ocupación según posición ocupacional se advierten ligeras diferencias entre el dominio nacional y el de 13 principales áreas. En el dominio nacional predominó la proporción de ocupados cuenta propia (42,53%), seguidos por los ocupados en calidad de dependientes (38,96%). Asimismo, el crecimiento de los ocupados en este dominio se verificó principalmente para 136.000 empleados como cuenta propia, 121.000 dependientes, y 60.000 empleados del gobierno; se redujeron los trabajadores sin remuneración en 93.000, y los patrones o empleadores en 77.000. En el dominio 13 áreas, por su parte, predominaron los ocupados dependientes (50,19%), y los cuenta propia (36,07%). Los aumentos verificados entre 2015 y 2016 se advirtieron en los ocupados en posicionados como dependientes, 105.000; los cuenta propia 43.000; y en 20.000 los ocupados en el gobierno. Por contraste, se confirmó una reducción de 28.000 ocupados en posición de empleadores o patrones. 

Gráfico 5
% Ocupación según posición ocupacional, febrero-abril 2016

Fuente: DANE, GEIH.

viernes, 29 de abril de 2016

La modernización y nuestra arraigada actitud Procrustiana[1]


¿Por qué no ha logrado arraigar una actitud moderna en nuestra sociedad? …porque hemos recibido y reproducido una herencia y una tradición autoritaria, que no permite el cuestionamiento ni la argumentación y menos aún pedir la rendición de cuentas a nuestros superiores, gobernantes, maestros, señores o patrones.

Por Carlos Javier Barbosa C.

En la actualidad, la modernización de las sociedades no es una opción: es una imposición. Es un acto de supervivencia. Sociedad que no se moderniza continuamente corre el riesgo de ser marginada, de no poder integrarse al mercado global. La modernización hace parte de la racionalidad económica toda vez que se asocia con el aumento de la productividad, de la capacidad de competir, de ganar mercados o al menos de no perder los que se tienen. También, se asocia con el mejoramiento de las condiciones materiales, con un aumento de la utilidad de los bienes y de los servicios, es decir, se inscribe dentro de la ética del utilitarismo, sacro evangelio de la modernidad: lo útil como correspondiente de lo que vale la pena considerar; la utilidad como guía de mi accionar por oposición, vrg., a una supuesta conciencia abstracta que me indica qué es lo bueno y qué es lo malo. (Lo que se expone a continuación es una sucinta reflexión acerca de los modestos resultados del proceso de modernización y del por qué de sus fallas). 

Como tema, la denominada modernización es un asunto vigente, pertinente, toda vez que es un tema transversal que influye la generación de riqueza, la disminución de la pobreza y la retribución de los factores productivos. En Latinoamérica, y en Colombia en particular, los procesos de modernización no han mostrado los resultados tan positivos en materia económica que se han evidenciado en países de otras regiones del Globo, como en algunos del sudeste asiático (Taiwán y Singapur, por citar un ejemplo). Estos hechos han llevado a que se examinen una y otra vez las condiciones y situaciones que posibilitan una modernización exitosa. En unos casos se ha señalado hasta el tuétano que la parquedad de los resultados se debe a que la modernización se ha realizado sin modernidad; en otros, que la modernización se ha hecho a medias. En casos más extremos se ha manifestado que nuestro atraso es el resultado de una subordinación económica y tecnológica respecto a los países más avanzados, hecho que está materializado en una acentuada división internacional del trabajo: nosotros, los rezagados, exportamos materias primas y sombreros volteaos en tanto que ellos, los avanzados, nos venden bienes y servicios con un alto componente de valor agregado (i.e., la Teoría de la Dependencia).

El relativamente bajo valor agregado de nuestras exportaciones y el concomitante tipo de bienes y servicios que predomina en nuestro intercambio con el resto del mundo ha terminado exhibiendo la debilidad de nuestros términos de intercambio. Como es de dominio público, en el corto plazo reciente el precio del dólar experimentó un incremento abrupto por cuenta de la reducción de ingresos derivados de nuestras exportaciones (léase, una caída aguda de los ingresos petroleros). Empero, los medios de comunicación que tanto han subrayado este hecho rara vez han ofrecido una historia menos deficiente, más contextualizada y ¿por qué no? más pedagógica, acerca de las razones de fondo que han incidido en el repunte tan agudo de la tasa de cambio. Difícilmente narran que la mayor proporción del valor de las exportaciones colombianas (FOB-free on board) proviene de productos primarios: básicamente nuestro grueso de exportaciones ha estado constituido por este tipo de productos, los cuales han representado recientemente entre un 65% y un 83%  del valor total de las exportaciones: de ahí los vaivenes de la tasa de marras (datos 2005-2012, Anuario Estadístico CEPAL 2013). Así las cosas, el valor de nuestra tasa de cambio ha dependido preponderantemente de los términos de intercambio de los  frutos de la tierra, del suelo, y como tal ha estado sujeta a las vicisitudes propias del mercado de bienes primarios: nuestra tasa de cambio al garete. En una situación similar, nuestros vecinos más cercanos tampoco se han librado toda vez que han sido al menos tan dependientes de las “rentas del suelo” y de los “frutos de la naturaleza”,  como nosotros, todo lo cual nos ha afectado negativa y mutuamente habida cuenta de ser importantes socios comerciales.   

¿Por qué nuestro comercio externo depende tanto de los frutos de la tierra? ¿Por qué no exportamos valor agregado, producto de nuestra mente y nuestras manos? ¿Por qué los resultados de nuestros indicadores de desarrollo humano son lo qué son y no otros, es decir, mejores? Parte de la respuesta a estos interrogantes está relacionada con el grado de modernización y estructura del aparato productivo, las actitudes empresariales, y el grado y forma de la injerencia del Estado en la economía y en la vida de los ciudadanos. Para empezar, la modernización incide en el grado de eficiencia con que se producen bienes/servicios, y la estructura del aparato productivo define el tipo de competición que se práctica: a) competencia en el sentido tradicional (se compite contra productos similares-en calidad y/o precio-); b) competencia practicada sobre la base de producir nuevos productos y/o realización de los mismos bienes/servicios mediante nuevos procesos. Las actitudes empresariales, por su parte, reflejan la ambición de la burguesía local acerca de la conquista y/o consolidación de nuevos mercados. El grado y forma de injerencia del Estado hace referencia a las políticas de promoción del desarrollo del sistema productivo colombiano, al tratamiento del capital y del trabajo, medidas que en nuestro país se han realizado mediante la acción conjunta de varios ministerios, conspicuamente a través del Ministerio de Desarrollo, Ministerio de Comercio Exterior, Ministerio de Trabajo o los departamentos administrativos que han hecho sus veces.

En este espacio se considera que el debate sobre modernización y modernidad es un asunto sustantivo, no redundante, por cuanto se relaciona directamente con la eficiencia, con la actitud de las fuerzas vivas de la sociedad (empresarios, políticos y formadores de opinión), con las formas de intervención del Estado, y la organización de la sociedad, todo lo cual determina cardinalmente la generación y distribución de la riqueza así como el grado de convivencia pacífica/armónica de la sociedad.

En Colombia se nos ha dicho que los modestos resultados de la modernización económica (vrg., moderadas tasas de crecimiento económico) obedecen al hecho de que ésta se ha realizado sin el debido ajuste de la mentalidad y las actitudes de las elites, afín a un funcionamiento que privilegie el emprendimiento y la acumulación de capital, quehaceres burgueses por excelencia. Aunque poco a poco ha ido permeando la racionalidad técnico-instrumental en los agentes económicos, los valores de la racionalidad normativa aún no se logran consolidar, y en algunos casos instalar, en la mentalidad colombiana (por ejemplo, la tolerancia y el sacro respecto por los derechos fundamentales). Como resultado, la poca permeabilidad de la modernidad se ha reflejado en una profusa normatividad con poca observancia, en un clientelismo político y en un tratamiento irracional del medio ambiente, tan solo por citar casos bien conspicuos.  

La discusión sobre la modernidad es una tarea fundamental que exige de nuestra parte una actitud crítica, de valernos por nosotros mismos, de participar activamente en el planteamiento y solución de nuestros problemas. En suma, el tratamiento de la modernidad demanda asumir la actitud propia de un mayor de edad. De esto, la pregunta fundamental es: ¿por qué no ha logrado arraigar una actitud moderna en nuestra sociedad? La respuesta mil veces citada es: porque hemos recibido y reproducido una herencia y una tradición autoritaria, que no permite el cuestionamiento ni la argumentación y menos aún pedir la rendición de cuentas a nuestros superiores, gobernantes, maestros, señores o patrones. Correlativamente, tampoco nos gusta que nos cuestionen nuestros pares y menos aun nuestros subordinados. Como corolario de la actitud autoritaria de nuestra educación, tenemos arraigado el temor a contradecir, a participar (“el miedo a hacer el ridículo”), a dudar, a pensar, situación que ha derivado en que evidenciemos “… jactancia cultural… negligencia en las propias investigaciones,…fetichismo verbal, el quedarse en conocimientos parciales: [todo lo cual] ha impedido el feliz matrimonio del entendimiento humano con la naturaleza de las cosas…” (tan solo por citar unas palabras de T. Adorno en su Dialéctica de la Ilustración). En una palabra, la actitud moderna exige participación activa, no delegable, no negligente de parte de los ciudadanos.

Como resultado de nuestra indiferencia ante los valores modernos surge un problema grave en el terreno político que se materializa en el hecho que no existe cultura del accountability, i.e., del llamado a cuentas y de la rendición de las mismas. La inexistencia de dicha cultura ocasiona el surgimiento de diversos tipos de dificultades que se manifiestan en abusos de poder, corrupción y por extensión en una deslegitimación del sistema político, entre otros. En este tipo de sociedades, pobres y estancadas por demás,  florece el denominado clientelismo político en el cual un patrón, o persona de gran influencia, asiste o protege a un cliente a cambio de apoyo político. En realidad, este esquema de hacer política se constituye en un sistema de lealtades serviles que perpetua las relaciones de dependencia entre patrón y cliente, refuerza las actitudes autoritarias y, por extensión, el atraso socioeconómico de la sociedad.

De este modo, en las sociedades donde no existe la cultura del accountability, por ejemplo, se estimula la dependencia de unos segmentos poblacionales respecto a sectores minoritarios que concentran el poder en sus distintas formas (político, financiero, de conexiones, etc.), como también se suscita el atraso. También se presta para que los funcionarios y autoridades a cargo del manejo del Estado eludan o realicen deficientemente prestación de servicios básicos tales como la seguridad y la justicia. Como muestra del crónico atraso socioeconómico, representado, por ejemplo, en tasas muy discretas de crecimiento y de mejoramiento en la distribución del ingreso, se genera un terreno fértil para la oposición al régimen vigente que puede estar conformada por sectores descontentos de la burguesía, las fuerzas armadas y la iglesia (tan solo por citar una parte de las fuerzas vivas de la sociedad) y, por extensión, para la aparición de fenómenos conocidos como caudillismo y populismo, en los cuales la característica distintiva, valga el pleonasmo, es la ausencia de una respuesta institucional desde el Estado a los males sociales. En dicho caso, la respuesta-solución viene planteada de forma personalizada de la mano de un “hombre fuerte”, de un caudillo, que soluciona directamente y en tiempo real los problemas del ciudadano de a pie y pasa por alto los canales institucionales.

Lo anterior conlleva a la existencia de un Estado crónicamente débil, materializado en una enclenque institucionalidad, muy proclive a ser víctima del secuestro o privatización de los haberes “de todos” (patrimonio público) por parte unos grupos poderosos, a la secularización del atraso socioeconómico, de la desigualdad, del resentimiento, de la desesperanza. En este caso, se trata de una sociedad en la cual surgen los caudillismos (toda vez que nadie cree en la institucionalidad vigente), en la cual se estructuran grupos de individuos (“los poderosos” afines a los caudillos y con intereses muy propios) que pescan en rio revuelto, mediante el engaño a las masas ávidas de soluciones simples, rápidas, concretas y definitivas, ardid que se materializa en programas populistas, “armados a la ligera”. Así las cosas, el hecho de caer en descredito el ejercicio de la política, las acciones de los partidos, la credibilidad y efectividad de las instituciones del Estado, redunda en que no se consolide una institucionalidad funcional a un ejercicio sano de la democracia y que, por el contrario, los grupos más poderosos de la sociedad se estén reestructurando continuamente al margen de las instituciones democráticas, en la forma de apoyos a caudillos, a hombres fuertes, con el fin de no perder las prerrogativas, y con este hecho causar una inestabilidad política (tal cual se ha visto en algunos países latinoamericanos).  

Palabras más, palabras menos, en Colombia las actitudes autoritarias han sido un obstáculo para el ejercicio de una sana modernización, palmariamente por la inexistencia de una cultura del accountability (y en no pocos casos del enforcement). Ha derivado en prácticas deletéreas de la política, el secuestro y privatización del Estado por facciones minoritarias de la población, el arraigamiento del clientelismo, florecimiento del caudillismo y del populismo, debilitamiento de la institucionalidad afín al desarrollo de la democracia, descredito del servicio público, abuso del poder, corrupción, el estimulo de la cultura de la búsqueda de rentas, así como de un tratamiento irracional de los recursos naturales (toda vez lo que vale es la rentabilidad inmediata, concreta sin reparar en los costos futuros para la sociedad).  

Para no extendernos más en este espacio de reflexión, se indica que aunque se han evidenciado procesos de modernización económica en medio de ambientes autoritarios y con influencias muy fuertes de la tradición tal como lo exhibido en la modernización del Japón a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, como lo atestiguado en Singapur y Corea del Sur a partir de la segunda mitad del siglo XX, la presencia del autoritarismo no se constituiría en un óbice para la modernización y los frutos de la productividad derivada de esta. A modo de explicación surgen consideraciones éticas, practicadas en dichos países, que se le atribuyen a las prácticas del confucianismo, a una marcada ética del trabajo, y a un respeto por la comunidad más que por la individualidad. En Colombia dicho autoritarismo no ha sido funcional, más bien ha sido deletéreo, pues no ha permitido la cultura de la rendición de cuentas, de la exigencia de responsabilidades, más bien ha fomentado la sinvergüencería en las diferentes capas de la sociedad, y nosotros al no contar con mecanismos alternos como lo han tenido, en apariencia, las sociedades asiáticas de modernización exitosa, nos hemos visto abocados a soportar las consecuencias, es decir, a afrontar unas tasas mezquinas de crecimiento y niveles escandalosos de desigualdad. En una palabra, nuestra actitud autoritaria en diversos espacios de nuestra praxis ha afectado negativamente los frutos de una modernización adecuada, igualmente no tener instalados y sobre todo arraigados los valores de la racionalidad normativa, tal como el respecto por los derechos fundamentales y el derecho a disentir, ha impedido una mejor convivencia como miembros de la sociedad.




[1] Se denomina procústeo o  procrustiana a aquello opuesto a lo ergonómico, por la Procustes de la mitología griega, es decir, que parte de la idea de que es la persona quien debe adaptarse a los objetos y no al revés, ver. Wikipedia. 

miércoles, 27 de abril de 2016

¡Con esta informalidad andamos en la olla!

Informalidad urbana: una tradición arraigadamente alta


La precariedad del mercado laboral colombiano es muy alta, sobre todo en ciertos asentamientos geográficos: con exclusión de Cartagena y Barranquilla, y sus respectivas A.M., en el resto de los centros urbanos de la región Caribe y las ciudades de Cúcuta y Florencia se han evidenciado las mayores tasas de informalidad... Primordialmente, las actividades de los ocupados informales se han desarrollado en contextos callejeros (26,70%), en vivienda (36,92%), por ejemplo talleres o tiendas de barrio, y en local fijo (32,89%).

Por Carlos Javier Barbosa C.

En Colombia el volumen y proporción de la informalidad de los ocupados es muy alto. La informalidad es una característica bien conspicua de nuestra institucionalidad laboral, al igual de lo que se evidencia en muchas economías que están en proceso de desarrollo. Para corroborar esta afirmación basta con mirar rápidamente el volumen y la proporción de los ocupados en condición de informalidad durante el trimestre diciembre-febrero de 2016: en los 13 principales centros urbanos, incluyendo áreas metropolitanas (A.M.), el monto equivalió a 4.987.000 “informales” y en las 23 principales ciudades a 5.669.000 ocupados. En términos proporcionales estas cifras correspondieron a una participación del 47,17% y 48,43%, respectivamente. De forma semejante, no deja de ser inquietante que el volumen de ocupados informales no remunerados ascendió a 248.000 en las 13 principales ciudades (y A.M), y a 271.000 en los 23 principales centros urbanos, durante el trimestre estudiado. Para el ciudadano de a pie, sobre todo el que pertenece a los menores estratos socioeconómicos, la idea de tener un empleo “con las prestaciones de ley” bien podría equipararse a un objetivo no fácilmente alcanzable, accesible, todo lo cual procura una idea acerca de la percepción notoria que se tiene acerca de la situación precariedad del mercado laboral.

Para los lectores no iniciados en el tema, se indica que los economistas aluden a la calidad o precariedad del mercado laboral mediante los conceptos de tasa de desempleo, tasa de subempleo y proporción de ocupados en el sector informal. Cualquier valor alto en una o cualquier combinación de estas tasas manifiesta un mercado laboral notablemente deteriorado.

En general, la situación de informalidad del mercado laboral refleja nuestra institucionalidad en diversos aspectos. Ofrece una idea acerca de las condiciones laborales y de ingreso de las personas ocupadas en dicha condición, grado de aseguramiento en salud, riesgos profesionales e invalidez, acceso de dichos ocupados a la pensión o al crédito formal, puntualidad y estabilidad en los pagos de los ingresos laborales, inclusive grado de modernidad de las unidades económicas, por colocar un ejemplo muy sencillo. También arroja luz acerca del cumplimiento de regulaciones en asuntos sanitarios y ambientales (condiciones laborales), y de responsabilidad para con los empleados dependientes por parte de los empleadores.

Se considera que buena parte del no cumplimiento de las normas por parte de los empleadores puede obedecerse a estrategias de supervivencia (informalidad involuntaria), hecho que, correlativamente, influye de forma negativa en los trabajadores dependientes toda vez que terminan privados de las ventajas de pertenecer al sector formal (vrg., contar con seguridad social ayuda a contrarrestar las adversidades derivadas de enfermedad, accidentalidad e invalidez; también, contar con cesantías ayuda a paliar los embates del desempleo). Igualmente, la condición de informalidad puede deberse simplemente a la racionalidad económica de los empresarios en un marco institucional donde el Estado es débil para vigilar y hacer cumplir las normas (enforcement), en las pequeñas unidades económicas. En suma: se puede considerar que “hay una informalidad voluntaria –la que practican los empresarios `vivos´ dentro de un Estado débil- y una involuntaria, la que tienen que `practicar´ los ocupados más desventajados o los empresarios que tienen que supervivir”.

Aunque resulta una perogrullada manifestar que el mercado laboral colombiano es un mercado crónicamente maltrecho, de forma complementaria resulta importante resaltar que dicho deterioro no se distribuyó de forma homogénea en las diferentes áreas urbanas durante el periodo 2008-2016. En este espacio nos referirnos a la tasa de informalidad como sinónimo de deterioro del mercado laboral. Para empezar: ¿sabía el lector que, con exclusión de Cartagena y Barranquilla, y sus respectivas A.M., los demás centros urbanos de la costa atlántica o mejor de la región caribeña, evidenciaron unos de los mayores promedios de tasas de informalidad en el conjunto de las 23 principales ciudades? Sincelejo (69,43%), Riohacha (65,75%), Santa Marta (65,17%), Montería (64,90%) y Valledupar (64,76%). Igualmente ¿sabía el lector que las otras dos ciudades colombianas con mayores promedios de tasas de informalidad fueron Cúcuta (68,97%) y Florencia (66,58%). Con todo, per se, estos porcentajes son escandalosamente altos toda vez que en estas áreas urbanas prácticamente dos de cada tres ocupados estuvieron en condición de informalidad.

Aunque un vistazo sucinto nos podría inclinar a considerar la posible existencia de una relación directa entre la tasa de formalidad y el tamaño de la ciudad, los resultados exhibidos por Manizales (45,43%), Tunja (50,52%) y Pereira (52,12%), por ejemplo, invalidan esta conjetura. Pese a ello, es claro que Bogotá D.C., presentó la menor tasa de informalidad (44,66%). Aparte de Medellín que obtuvo una tasa semejante a la de Manizales (45,66%), y de Bogotá, los otros tres grandes centros urbanos del país tuvieron tasas de informalidad superiores al 50%: Cali (51,05%), Barranquilla (56,54%), y Bucaramanga (57,52%). A pesar de presentar las menores tasas de informalidad, se subraya que las tasas de informalidad de estos centros urbanos han sido muy altas todo lo cual denota un mercado laboral significativamente precario. (Gráfico 1).
Gráfico 1.

Fuente: DANE, GEIH.

De otro lado, los resultados de las encuestas en las 13 principales ciudades y A.M. sugieren que los renglones económicos con mayor proporción de ocupados en la informalidad correspondieron a los ocupados en los sectores de comercio-hoteles y restaurantes- (67,96%), seguidos por los ocupados en las ramas de transporte-almacenamiento y comunicaciones- (60,39%), construcción (59,69%), agricultura-pesca, ganadería, caza y silvicultura (47,49%). Por su parte, la proporción de informales en la industria manufacturera, trimestre diciembre-febrero, alcanzó durante el periodo 2008-2016 una media (geométrica) de 38,85%, similar a la advertida en servicios comunales sociales y personales (38,03%) y en la rama de actividades inmobiliarias, empresariales y de alquiler (37,60%). Por contraste, la tasa de informalidad en el sector de suministro de electricidad, gas y agua apenas registró una participación perceptiva (1,31%); en menor contraste, también se advirtieron tasas pequeñas de informalidad en la rama de explotación de minas y canteras (10,68%), e intermediación financiera (9,44%). (Gráfico 2).    

Gráfico 2.

Fuente: DANE, GEIH.

Al considerar los datos según posición ocupacional se advierte que la mayor precariedad laboral en las 13 principales ciudades, y respectivas A.M., la presentaron los empleados domésticos (99,66%); los trabajadores familiares sin remuneración (94,38%); los trabajadores sin remuneración en otros hogares (87,23%); los cuenta propia (81,31%); y los patrones o empleadores (78,77%) de empresas hasta con cinco trabajadores. Los trabajadores dependientes y remunerados, por su parte, también presentaron tasas altas de informalidad, ante todo, los jornaleros o peones (54,0%), y, en menor medida, los empleados particulares (21,20%).

Ahora bien, al discriminar los datos del trimestre diciembre-febrero del periodo 2008-2016 por posición ocupacional se puede tener una idea de la estructura del empleo informal, la cual estuvo compuesta mayoritariamente por los cuenta propia (59,56%). La categoría ocupacional empleado particular ha constituido en promedio el 20,26%. Las otras dos categorías con pesos significativos correspondieron a empleado domestico (7,59%), y patrón o empleador (7,24%). Dentro de los trabajadores sin remuneración, los trabajadores familiares explicaron en promedio el 4,69% del total de la informalidad.   
  
Al considerar los datos según nivel educativo, se advierte que los ocupados con nivel educativo superior han ido ganando participación dentro del total de los informales toda vez que pasaron de representar cerca de un 14% durante 2008 a un 17% durante los últimos tres años del periodo considerado. Por contraposición, los ocupados informales con nivel de enseñanza primaria han perdido una ligera participación, posiblemente debido a los cambios propios de la mayor escolarización secular de la población colombiana. Los ocupados en situación de informalidad con nivel de enseñanza secundaria se mantuvieron alrededor del 52%.

En cuanto al lugar donde se desarrolla la actividad económica, existen diferencias palmarias entre los ocupados del sector formal e informal. Para empezar, la mayor parte de los ocupados informales desarrolla su labor económica en viviendas, propias o ajenas, (36,92%), seguida de proporción de ocupados cuyas actividades se desarrollaron en un local fijo (32,89%). También se verificó una participación bastante significativa de ocupados que realizaron sus actividades en sitios descubiertos en la calle (10,41%), en un vehículo (8,69%), y de puerta en puerta (7,60%). (Gráfico 3). Estos datos contrastan con la estructura de la ocupación evidenciada en los trabajadores formales por cuanto las actividades las desarrollaron primordialmente en local fijo (78,61%), de puerta en puerta (5,0%), en un vehículo (4,62%), y en una obra en construcción (3,99%).  
Gráfico 3. 

Fuente: DANE, GEIH.

Como información complementaria, se manifiesta que la universalidad en el acceso a la salud está todavía lejos de cumplirse en vista de que durante el trimestre diciembre-febrero 2016, apenas el 93,16% de los ocupados estuvo afiliado a salud: de éstos, dos de cada tres ocupados (67,21%) pertenecieron al régimen contributivo, y uno de cada cuatro (el 23,08%) al régimen subsidiado. Por su parte, la afiliación en pensiones todavía es una utopía toda vez que durante dicho trimestre apenas el 49,53% del total de los ocupados en las 13 principales ciudades, y respectivas A.M. estaba afiliado .

En conclusión. La precariedad del mercado laboral colombiano es muy alta, sobre todo en ciertos asentamientos geográficos: con exclusión de Cartagena y Barranquilla, y sus respectivas A.M., en el resto de los centros urbanos de la región Caribe y las ciudades de Cúcuta y Florencia se han evidenciado las mayores tasas de informalidad. Al igual que los empleados del comercio, los hoteles, y los restaurantes, los ocupados en los rubros del transporte, almacenamiento, comunicaciones, y construcción presentaron las mayores tasas de informalidad. Primordialmente, las actividades de los ocupados informales se han desarrollado en contextos callejeros (26,70%), en vivienda (36,92%), por ejemplo talleres o tiendas de barrio, y en local fijo (32,89%). Más aún, gran parte de los cuenta propia conforma la ocupación informal (59,56%), seguidos por los empleados particulares que constituyeron en promedio el 20,26% de la informalidad.

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